Vivencias

El camino andado

y las líneas de varias carreteras… me han traído hasta aquí… a su regazo… a Ella… que sin previo aviso renovó mis zapatos (como los suyos, para tener ambos en esta edad adulta los pies sobre la tierra). “Ya no sé andar sólo por los caminos”, decía Pessoa. De su mano estuvo devuelta la fe de los primeros días de camino… y el entusiasmo de los primeros años.

Vivencias

Serendipia

Pienso en ti cuando me despierto; a veces, porque te he pensado desde que me dormí. Me acuerdo de ti muy de improviso. Te encuentro entre mis pensamientos y nunca lo espero; tu nombre en mi mente me llama la atención como un lucero al levantar la vista, como una manchita con forma de elefante en las paredes de mi cuarto, o en los mosaicos de todos los suelos. Me sorprendo corriendo de tu mano imaginaria cuando salgo de alguna clase, cuando me hallo mirándome (sí, yo conmigo mismo), como en las calles alrededor de la casa de mi tío Mario en la niñez, las casas blancas y suelos pavimentados, o en un papel medio roto en el que ya había escrito hace unos años. Nos sorprendo en mi imagen o en algún escritorio, y al volante, ve tú a saber en qué sitio. Allí te voy esparciendo como confeti, papel de colores, te sostienes de algo en mi cabeza (tú dices que soy yo mismo). Y pensar en ti es como ir corriendo a mirar tu recuerdo, averiguar en qué estado está, ver qué nuevas ramitas le han crecido… con la curiosidad con la que se asoma uno al abismo, con la curiosidad infantil con la que se va a mirar la semilla que dejamos germinar en el frasco junto a la ventana.

Es algo así. Siempre así. No lo he construido yo (de corazón te lo digo), solo existe.

Sembré un frijolito con mis esperanzas en tu algodón y te escribo a cada rato porque lo miro crecer. Así, sin más. (Fíjate, qué fuerte e importante, «es»). Es. Algo así como el milagro de la vida. La vida. ¡Qué preciosa cosa es la vida!

Yo nomás lo siento y lo miro. Y te lo escribo, y te pido que mires la luna cuando yo la miro. Y te digo que yo guardo para ti, al otro lado (de la presa oscura de Chicoasén una noche de invierno o de verano, de tu temor), su reflejo.

Vivencias

No sea breve, por favor…

dúreme aunque sea un poquito. Extiéndase más allá de la caricia y el suspiro, de la alegría de mirarla sin que me note, del agua de la imaginación en los huecos de la realidad. No se es exigente al pedirle se vuelva amor, en mí se es natural. Déjeme un, no sé, un recuerdo… un arete en el buró o un cabello en el sillón de la sala… Regáleme una cosa que después de Usted se quede conmigo, conmigo (una sustancia, una nota a lápiz en mis libros, algo que no termine en el polvo después de haber barrido).

Mire que si no se le ocurre, yo, a quien tanto se le ha ido con la lluvia, le puedo dar sugerencias: un olor satisfactorio en las ropas (quizás en la piel), una picadura de mosquito en el pecho… Yo, yo, le ofrezco tras mi partida (ya sea en la mañana de este día o en la noche de mi vida o de mi sol), una mancha de aguacate en el blanco de su memoria… y una figurita en lo azul de su corazón.

Vivencias

Posibilidades

«No te cierres a una persona, no te limites a un trabajo», me aconsejaron. La primera frase de pronto me incomoda… y la segunda, la escuché, puse manos a la obra y en mis condiciones de entonces no logré sostener dos trabajos. Estoy pensando en esas dos cosas a las 3 de la mañana. ¡Qué manera de torturar la mente de uno cuando no se concilia el sueño! Quién sabe qué tantos senderos recorrió mi pensamiento, desde hace unas horas, camino de la vigila que ahora padezco. Observo mis pensamientos y trato de explicármelo; quizás me iba hundiendo en el lodo y este sitio en el que recobro la conciencia es la clave de aquél pesar.

Me asomo a la ventana, la oscuridad en todas partes. El viento está también inquieto a estas horas; entra a las estancias de mi casa, no recuerda a qué venía, y se sale. Brinca como mi corazón: bien despierto reviso el teléfono, pienso en ella… No «me cierro»… es una palabra mal escogida. «Cerrarse» se antoja la cal en una brocha, marcando un territorio del que (lástima) no podemos salir. «Cerrarse» está al lado de la falacia todas las posibilidades se pueden poseer. En el amor, Jodorowsky lo escribe mejor: dices que buscas el amor, pero cuando lo encuentras y haces el amor, lo deshaces para seguirlo buscando.

El detalle es fino: dedicarse a una persona o a un trabajo, no es cerrarse. No es que se llegue a la persona, al sitio, por casualidad: hacia allá nos llevó la intuición. No deja de ser una moneda al aire, pero así tiene que ser: la semilla que será el árbol no lamenta cerrarse al mineral de otras tierras… la semilla tan sólo cae (afortunado el suelo que recibió una semilla) y se dedica a lo suyo.

Uno es limitado y no puede dejar de caer, por esperar caer en todos lados. No somos tanto. Pero una vez en la tierra (los pies en la tierra), hay que ser la vida, hay que florecer.

la felicidad de El Diablo

La brisa nubla las lámparas,

me aparta de mis visiones terrenales. Me nubla la vista, también, y humedece las calles de mi pensamiento. El frío me trae de vuelta de algún recuerdo agradable, a algún punto de partida antes de haberme perdido. La tierra mojada es un déjà vu, se convierte el mundo en un lugar conocido: es el agua de mi conciencia, mi yo, sobre el pavimento, sobre las calles, sorteándose entre el humo de una chimenea lejana, en una casa a faldas del cerro, en San Cristóbal… Mi pensamiento cubriéndolo todo, mi ser untado como bálsamo de la propia memoria (se metió en mi texto Sabines).

La llovizna es un sitio conocido sobre mis paisajes nuevos. Es la niñez en la edad adulta.

Vivencias

Las hojas del árbol

Cada vez que mi madre me hablaba de él venía a mi memoria su imagen: cruzando un amplio patio escolar, cargado siempre de papeles que se le iban cayendo de las manos, carpetas ajadas por el mucho uso, extensísimas por lo apretado de las memorias que coexistían en ellas. Creo que siempre eran de color café, café las han vuelto mis recuerdos. Sus pantalones de vestir muy bien planchados, las guayaberas, el olor de su perfume, sus manos habilidosas, los lentes grandes y la barba que le había crecido por tantos pensamientos. La cruz de metal que colgaba de su cuello destacaba en el negro de la camisa, un negro que, parecía, había sido puesto en su pecho como nicho para ese símbolo de la fe. Un señor ya maduro en el que vivía el orden que pretendía infundirnos siempre. Un orden en el que siempre me he querido convertir.

Eran fascinantes las imágenes que creaba con su plática, las palabras refinadas que saltaban de él, lo apretado de sus exámenes y sus textos fuertes, negros (yo siempre creí que los resúmenes de esas obras habían sido escritos de un tirón en una máquina de escribir). Líneas y párrafos en las que uno descubría un mapa, senderos que uno podía seguir, sitios a los que se podía volver por puro gusto, para saciar la curiosidad de saber si los buenos recuerdos, si esos episodios interesantísimos, seguían ahí, donde los había puesto él.

«¡Pónganlo enfrente y déjenlo hablar!», yo quería escucharlo en cada clase de español, «decir tantas palabras de corrido» como lo hubiera descrito Rosario Castellanos. Guarden silencio, déjenme escuchar. Sentir el olor a libro cada que abría su mente, deslumbrarse por historias sobre filosofía o moral, enterarse después de que todo había sido leído, digerido y asimilado en libros que, en esa pequeña ciudad que entonces era Comitán, no era fácil conseguir.

Por él uno dejaba de jugar al fútbol y corría al salón de clase. ¡Ahí viene el profe! No quiero perderme uno sólo de sus pensamientos. Entonces: otra vez los libros, las invitaciones a la biblioteca, juntar los ahorros de la primera vez que trabajé en esa misma escuela para comprarme un diccionario: ilustrado, como pocos, para aprender tantas palabras como las que sabía él, 150 nuevos pesos, el primer fruto de mi primer trabajo. Yo quiero ser como el maestro Julio.

No supe del romanticismo hasta que lo conocí a él (o hasta que él tuvo la gracia de llegar a mi vida). No sabía que todo ello lo podía proveer la literatura, nuestro lenguaje, «el arca de la memoria». Y en ese patio amplio (amplio me parecía un patio así de pequeño, porque tenía 15 años), cuando acompañaba a mi madre los días de asueto, comencé a vivir este amor, comencé a acumular libros, a colarme a las bibliotecas, a persuadir al director de que me dejara entrar al centro de maestros. Libros que me han procurado noches de consuelo, que han resuelto mi ánimo tantas tardes, que limpiaron mi corazón, que me llenaron de ideas, «vivir muchas vidas» decía, póngase cómodo en su soledad, así como supongo le pusieron a él en la suya, en el transcurso de su vida.

Caminando por los empedrados de la calle central, con su gorra de fieltro, tenía curiosidad por saber qué pensaba mirando al suelo, averiguar en dónde bebía café, se comía un tamal, y recordarle siempre al pasar por el restaurante en el que, me imagino, pudo haber sido Pessoa. Uno de tantos recuerdos que me asaltaban en el parque.

Han pasado 17 años desde que me fui. Pero aún puedo sentir todo aquello. Aún me siento orgulloso, de haber mecanografiado lo que nos regalaba, de haber atesorado sus resúmenes y de haberlos guardado como un libro más en el estante de mi casa; orgulloso de la alegría que le hice sentir cuando mi madre le regaló la transcripción que hice de todas sus notas, de todos sus textos.

Anoche supe que falleció. Una parte de mí quiere llorar bajito. Supongo que es a lo que se refieren cuando dicen que la muerte es parte de la vida. La suya es ahora una parte de la mía. Él se fue y yo lo vivo aquí, en los libros que he trasladado de ciudad en ciudad sobre mi espalda, desde Comitán a la Ciudad de México, de México hacia Guanajuato, desde el callejón del Tecolote en que viajaban conmigo, en maletas, hacia Silao, hacia Morelia, hacia León. Libros que me miran y me reclaman en los anaqueles tanto ajetreo.

Hoy miro su fotografía y siento tristeza de su partida, y alegría y agradecimiento. Gracias, Maestro Julio, gracias por permitirme ser el que soy, por regalarme su orden y el amor por la literatura (soy una hoja de su árbol, maestro); por haber aparecido en mi vida. Que en paz descanses, allá en nuestra tierra fría en este octubre otoñal, que en paz permanezcas conmigo, y con los que están conmigo, amigos por los libros y la conciencia, aquí y en cualquier lugar, en las librerías.

Julio Avendaño

Vivencias

Escucha la lluvia en los árboles,

lejos de aquí en los tejados, las lozas, las paredes. En el patio del departamento de abajo y haciendo eco desde el vacío y hasta en el pasto ausente. Arrulla el sueño que no ha de pasar, los recuerdos que no habrán de despertar, la soledad permeable por el agua de todos mis amaneceres.

Escucha Te Deum mientras confundes la lluvia con los pensamientos. Goteras que se hilvanan con el escurrir del tiempo, brisa que no se puede almacenar… y cae y viene y se va… y se pierde.

Escucha mi corazón, mujer, ahora que ya no pones en mi pecho tus oídos. ¿Escuchas mis palabras, ahora, corazón?, ¿piensas en ellas ahora, que ya no estoy?, ¿piensas en todo lo que yo siempre te había dicho?

Callar para darse a escuchar. Ausencia para hacerse sentir. Crear vacíos para hacerse sentir. Irse uno porque se quiso de más, porque dejamos morir el amor.

La arrastrada soledad, la del abandono, la del niño de 4 años sin su madre. No más amor, ¿ya para qué?, para enseñarse a vivir, para dejarse ir porque se quiere.

Vivencias

En la banca el abuelo

Quién sabe qué tantas cosas recordaba en esos momentos en que perdía la vista. Lo supe cuando comencé a perderla del mismo modo, pero sin la expresión de perturbación; sólo recordaba, revisaba mi corazón y quitaba el polvo a los baúles de la memoria en que había guardado esos sentimientos que hoy ya no creía capaz de sentir. Estaba vivo otra vez en las mismas circunstancias de mi abuelo, con la misma mirada perdida del primer Rubén, el que yo sabía ya en mi juventud no demasiado viejo para tener fibras sensibles en las entrañas, el que había andado ya muchos caminos que yo aún no conocía y por los que yo también, hoy, ante esas canciones de Serrat, también comenzaba a andar.

La sorprendente repetición de la vida, los ciclos que El Diablo no entendía por qué a Dios tanto le gustaban.