bicicletas, Vivencias

La mejor manera de vivir

banquete-cc3b3dice-florentinoEl hambre, la que despertó al Diablo en domingo… ¡y antes de las 8 de la mañana!

El camino del mercado, viéndolo caminar hacia la cocina económica. Se sienta junto a un señor ya entrado en años, que casualmente también se llama «Don Rubén».

Señora: Pues es que está loco, don Rubén.
Don Rubén: Sí (entre risas). Cuando se sentó, yo creí que era otro como yo que venía a almorzar con usté.
El diablo: Buenos días (mientras busca dónde sentarse a la mesa).
Señora: ¡Cómo hay gente loca en este mundo, don Rubén!
El diablo: ¿Anda hablando de mí, señora?
Señora: No, joven, es que hace rato vino un señor, se sentó a la mesa así como usté y de buenas a primeras estiró la mano, agarró el servilletero y que se echa a correr con todas las servilletas.
Don Rubén: Y ni al tránsito que andaba sentado ahí donde usté, almorzando, le dio por perseguirlo. Nomás se quedó viendo a su compañero que esperaba allá junto a la de las frutas, a ver si no también le robaba la bici.
El diablo: ¡Jajaja!, ¿y para qué las querría? Puede que hubiera ido al baño.
Señora: ¡Pero se llevó mi servilletero de aluminio!
Don Rubén: (Aclarándome entre sorbos a la sopa aguada) Es un señor que anda por aquí, pero dicen que actúa bien raro.
Señora: A mí se me hace que ya está loco, don Rubén.
Don Rubén: Es que ésa es la mejor manera de vivir… “a lo loco”.

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Circunferencias

430519

Un amigo que se va… y otro círculo se cierra. La ausencia de todo lo suyo, lo que ahora ocupa su lugar. El pesar de su pareja, el anuncio anticipado, los preparativos y el día en que habría de partir. «Todos los días llegan», me decía Enrique… y esos que llegan también se van.

No he caído en la cuenta de su partida sino hasta que caminé, sin él, hacia mi casa… Calles vacías de un partido de fútbol reciente (de esos eventos que paralizan esta ciudad) y en el cuello (sobre mí) el peso de la tarde. Tuve la sensación de que algunos cambios han de suceder en mi vida y, de hecho, se fueron sucediendo ante mí: la guitarra nueva, cuando di golpecitos con el puño a la pared de un negocio cerrado; los intereses en la música que tuve en la adolescencia y que me han hecho retomar la trompeta, ante el semáforo en rojo; la vivienda (ahora) a solas, mientras me incorporé a la acera por la que se llega a mi casa; el olor a vela apagada y las muchas que quiero hacer «cuando llegue la luz»… Los muebles ausentes (sobre todo, mi cama) y los libros incómodos, en esos estantes apretujados, donde no es su lugar (mi mamá describe esa incomodidad a la perfección: «parece que los tuviera encima»).

Y la bicicleta… quiero (ya puedo, por la ciudad, por la posibilidad, «poder») tener otra vez una bicicleta. Los círculos que se cierran, sus ruedas que giran, las páginas de mi vida que van quedando atrás. Otra vez pedalear sobre los campos de maíz, como a los 14 años, ahora a los 29 (un mes más y tendré 29)… ahora, adelante, sobre la vida.