demonios, Vivencias

El niño asustado

Despierto en las noches y despierto incompleto. Es decir, no es un asunto de ceros y unos partir de mi sueño profundo a la vigilia; cuando he abierto los ojos sin despertar, extraviado en el intervalo, me sorprendo en medio. Parada en algún sitio la inconsciencia, una proyección unidimensional de la memoria. Mi memoria.

Me muevo a izquierda y derecha, consciente ya de que debiera separarme del espejo para contemplar mi imagen. Pero aún no tiene ojos la conciencia de quien sólo ha logrado arrancar y llevar consigo una parte de sí fuera del sueño.

Despierta Rubén de niño, segundos transcurren para recuperarse los años. Observa aterrado las formas oscuras en los anaqueles y sabe que él es el dueño, de esos libros, de esas mesas, las cosas en la casa… el alquiler, la luz, la cama en que yacía dormido. Él, el adulto en vértigo.

Ya lo había sentido antes sobre un sillón. Cuando tuve 4 años, desperté una tarde sin mi madre. El corazón se salía cuando al buscarla corría, el llanto sobrevino al no hallarla… la calma al mirarla desde lo bajo hasta lo alto, en la azotea.

Como caricia de mi madre en mi cabello, lenta y sigilosa, vuelve la otra parte de mí a completarme, a la almohada, detrás de mis ojos donde se siente el dormir. Tomo conciencia de lo que soy, de lo que hago, de la casa que con mi esfuerzo mantengo… con la sensación de aún no ser yo, el niño que fue. Unidas las dos puntas del tiempo.

Y es que el vértigo persiste. El vértigo persiste (hombre diminuto en la inmensidad del agua de una presa de Chiapas y la luna, una clara noche)… y no es un sueño.

Cierro los ojos al pequeño y le abrazo hacia mí. Solos él y yo en la misma almohada. Yo, partido por dos, uniéndome otra vez, entre toda la noche.

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demonios, la felicidad de El Diablo

Prefiero viajar de tarde

Michoacán se llama la tierra que atraviesas después de comer, la que puedes ver hacia todas partes por la ventana del autobús. Fue la conciencia la que llevó tus ojos hasta ahí, hasta el agua transparente de los pensamientos, hasta un lago. Uno de los lagos de Michoacán allá afuera que repite el cansancio del sol, entre las delgadísimas patas de las garzas.

Una superficie en la que te imaginas brincando descalzo y con el pantalón arremangado. Ir a meterte al óleo de esa tarde gris, azul, amarilla tenue, anaranjada… verde a veces en las montañas del fondo, muy junto al café aún persistente del invierno pasado.  Un aire espeso, como promesa de lluvia.

Afuera todo un estanque gigante en el que flotan las nubes y en cuyo fondo estás. ¿Puedes creerlo?

Hormiga del mundo eres cuando apartas la mente del trabajo y tus lugares comunes. Cuando miras hacia arriba y te adviertes cargando el mismo terrón mojado de siempre: comezón en la nariz, inquietas pulgas en tus sentimientos.

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demonios, Elegías

Los lejanos perros

He tenido un sueño (si acaso es algo que se puede tener, como si se pudiera poseer un pájaro, o los chupaflores). Yo no sabía entonces que la presión de un par de músculos en el cuello (estrés, le llaman algunos, vida adulta, le dicen otros) llenaba de sangre mis sienes y causaba dolor al acostarse.

A mi mente no le importaba. Iba a pasito acelerado, bajo un sol abrasador de las 8 de la mañana. Abrasador pero húmedo, sobre la tierra reciente (todas las mañanas es reciente), la tierra negra y fértil de Chiapas, humedecida en la lluvia la noche anterior. Yo caminaba en mi cuerpo de niño de 7, quizás 8 años, ante esos mismos brotes de yerba silvestre, ligeramente domesticada por la ciudad, que sólo me llegaban por arriba de la rodilla, apenas por la cintura. Yerba que nadie pisaba, pero que por respeto a las nuevas casas del bario La Cueva, en los más tiernos años de la primaria, o de Candelaria tiempo después, por respeto a los señores que ya se asentaban en esos terrenos, ya no crecía más.

Pero allí andaba yo, quizás con un pantalón gris a rayas apenas verdes, el de mi uniforme, caminando trabajosamente para abrirme paso entre las veredas, para no llegar tarde. Así era cuando niño. La maravilla de mi sueño era sentir que volvías en el tiempo, porque recobrabas ese cuerpo reciente (así, para estar a tono con la mañana) y a todas luces fuerte y sano, pero con tu conciencia de ahora, más de 20 años después, obviando detalles físicos que a tu mente no le preocupan porque es un sueño… y no es corpóreo. Se siente de maravilla. Maravilloso como fugaz, de 2 a 3 minutos, como dicen que duran los sueños; de 21 segundos, como cuentan que dura el presente.

Como pasado que es, recuerdo cristalizado que se sacó de alguno de los archiveros de la memoria, no puede modificarse. En ello yacía también un encanto (ajeno a dolores de la madurez), similar a los hallazgos que se tienen en casa, las repetidas vacaciones en las que se hurga de entre las posesiones para tirar las que no se usan, o dar brillo a las que aún se aprecian y desean recuperarse. No me limité a sentirlo por todo mi cuerpo, ni en extrañarme de que fuera de noche al caminar unas cuadras por la calle a la que salía la vereda (el mar al que desemboca ese río, tamaños desproporcionados de las cosas en la niñez); ni siquiera al detener la película, sentarme a contemplar las imágenes sin tiempo que entonces percibía. Las luces de los focos baratos tras puertas de madera, cristales sucios, casas pobres, caminos en los que a lo lejos seguían ladrando los perros flacos, cafés, hocicos negros, poco lanudos (perros sencillos de la gente sencilla, más fieles que los finos), los perros que ladran en todos los temblores que recuerdo, los que sabían de aquellos magníficos sucesos (porque nunca fueron catástrofe más que susto) antes que nadie porque tenían (decía mi padre) las orejas pegadas al suelo. Esos son los perros que ladran en todas las tardes de los libros, los atardeceres de las vidas de las personas en las novelas, los que se acurrucan a sus amos en todas las historias al caer la noche, desde cada madrugada de los tiempos.

No entiendo mi sueño. Pero lo aprecio mucho, cual revelación de mi conciencia. Me aferré a él al despertar, consciente ya de todos mis pequeños dolores físicos. Me abracé a él mientras esperaba pacientemente que disminuyera la presión en la frente. Puede que signifique que aún me aferro a mi vida de niño, por alguna razón, o que alguien me la hubiera arrebatado y a ratos la extrañara. Porque otras veces emerge en mí ese pequeño y se asusta con la soledad de mi estudio y los estantes de los libros entre las sombras. A veces, repetidas veces, se pregunta cómo es que he sido capaz de llegar hasta aquí, con poca ayuda (que en realidad no ha sido poca), con la soledad que se tiene en ese momento. Niño que despierta asustado porque no está su madre.

Desperté como quien ha llorado, con esa sensación en el pecho… porque ya no soy pequeño, porque no quiero ser grande, porque aquí la tierra no es negra, ni hay yerba en el suelo, ni llueve por las noches. Porque se llega la oscuridad, acompañada cada una por una tarde en la que no ladran los perros.

demonios, la felicidad de El Diablo

La obra

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Empatar el listón del nuevo día con el del anterior, es oficio (y arte) de costurera. Un afán de hilvanarse el mundo en el que uno se pierde. Aquí está la idea fundamental (paráfrasis de algún aforismo que alguien me contó alguna vez): la creación de uno, a la que uno pertenece. Un bucle silencioso éste en el que el creador se sueña creado y, así, termina su obra. Inevitable pensar en ello cuando pasas por las calles bien hechas, las casas bien construidas, y adviertes las familias numerosas y bien comportadas. Pasando el telón de las agradables vistas y las apariencias llanas, te preguntas ¿obra de quién es todo ésto?, ¿quién ha deseado tanto para su vida y lo ha logrado? ¿Dónde está, entre ellos, el hombre y/o la mujer que ha pintado tal cuadro y ha logrado dibujarse en él a sí mismo?

Un domingo en la mañana y las ideas son, como los aires: frescas, nuevas. Te piensas así, junto a tu compañera que aún no despierta. Te ves como el observador del cuadro pintado y piensas: hay que darse prisa, levantarse siempre temprano, para terminar la obra (la mía, la de ella).

bicicletas, demonios, la felicidad de El Diablo, música, melancolía, travesía

Circunferencias

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Un amigo que se va… y otro círculo se cierra. La ausencia de todo lo suyo, lo que ahora ocupa su lugar. El pesar de su pareja, el anuncio anticipado, los preparativos y el día en que habría de partir. «Todos los días llegan», me decía Enrique… y esos que llegan también se van.

No he caído en la cuenta de su partida sino hasta que caminé, sin él, hacia mi casa… Calles vacías de un partido de fútbol reciente (de esos eventos que paralizan esta ciudad) y en el cuello (sobre mí) el peso de la tarde. Tuve la sensación de que algunos cambios han de suceder en mi vida y, de hecho, se fueron sucediendo ante mí: la guitarra nueva, cuando di golpecitos con el puño a la pared de un negocio cerrado; los intereses en la música que tuve en la adolescencia y que me han hecho retomar la trompeta, ante el semáforo en rojo; la vivienda (ahora) a solas, mientras me incorporé a la acera por la que se llega a mi casa; el olor a vela apagada y las muchas que quiero hacer «cuando llegue la luz»… Los muebles ausentes (sobre todo, mi cama) y los libros incómodos, en esos estantes apretujados, donde no es su lugar (mi mamá describe esa incomodidad a la perfección: «parece que los tuviera encima»).

Y la bicicleta… quiero (ya puedo, por la ciudad, por la posibilidad, «poder») tener otra vez una bicicleta. Los círculos que se cierran, sus ruedas que giran, las páginas de mi vida que van quedando atrás. Otra vez pedalear sobre los campos de maíz, como a los 14 años, ahora a los 29 (un mes más y tendré 29)… ahora, adelante, sobre la vida.

demonios

Con la mirada perdida,

en pausa, contemImagenplo, sin mirar, el edificio de enfrente. Mis ojos, atravesando el cristal, resbalan de todas partes, en ningún lugar se fijan. Los pájaros se los llevan en sus patas, desde las altas puntas de los pinos, los arrancan con sus alas de los postes y las lámparas… los extravían en vaya usted a saber qué niebla… Los quitan, grisáceo deambular, de aquí conmigo.

Algo he de andar buscando, algo mis ojos han perdido. Hurgo en la yerba, en el brazo de aquella muchacha (aquélla que no me ve tras este cristal), junto a su libro.

Perder la vista es buscarse allá afuera con los ojos (rencor de no ser uno allá afuera en la realidad), mirándose a sí mismo.