Diccionario ideológico

Los truenos y la lluvia

que todo el tiempo han dejado sobre mi cabeza recuerdos. No me canso de escribirlo, porque cada que llueve siento lo mismo: un estado de ánimo de antaño, un recuerdo feliz, tardes lejanas en que corría para no sentir el frío del agua, otras más en las que me apresuraba a mojarme. Lo cambiante de la vida en los recuerdos del agua. Como si allá arriba existiera en realidad el tiempo (el cielo, la magnanimidad del universo y la imagen del todo); como si allá se estuvieran las imágenes, los pensamientos de todos los hombres en todos los tiempos.

Hoy me trajo las lámparas encendidas de la última casa en que vivieron juntos mis padres. Las noches en vela y los libros, mi cuarto con las ventanas enormes. Siempre me gustó mi vida de entonces (yo era el dueño del mundo) , me la pasé soñando muchas veces junto a esa ventana.

La lluvia de esta noche, en esta tierra árida, me trae ideas alegres, como el pensar que ahora estoy metido en uno de mis sueños de entonces, en la orilla de una de las burbujas que construí para mí en esos tiempos. La vida como una casa que para sí mismo uno se construye, para habitarla, para estarse así como ahora: viendo llover, pensando en la propia vida, a ver si las iteraciones del pensamiento (burbuja dentro de otra burbuja) nos permite, usted sabe, predecir el futuro, salirse del cuadro, recrearse.

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Diccionario ideológico, la felicidad de El Diablo

El joven de saco

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Salió con él de una tienda hace unos días, por una atinada casualidad; aún sin saber por qué lo compró, se lo puso hoy por la mañana. Se miró al espejo y se juzgó apuesto. Un mueble se limpia y una casa se ordena, los diarios a ratos se revisten de nuevas telas y los cuadernos de tapas nuevas, ¿por qué el cuerpo no habría de tener un buen vestir? -pensó.

Desde que salió a la calle, frescura en el aire, le tratan los caminantes con seriedad. Y la determinación del saco (la suya, de la que echó mano al vestirse de saco) se mantiene en él, es reposo de las miradas de respeto y de desdén. Camina con seguridad y paso firme. Responde a las buenas maneras de las que la gente a su paso le considera acreedor.

No es el saco al que saludan, como contaba Vasconcelos. No es la superficialidad. Ni el saco ni su tela son el punto, señor. Es el mensaje, el ejemplo que se les da a todos, a todas luces: trátenme que me trato bien. El punto es el joven que se quiere a sí mismo, que se respeta, se procura. El meollo de este asunto es mi amor reflexivo y su música, ante el que inclina el sombrero aquél canoso señor.

Diccionario ideológico, Vivencias

Buzón de quejas y sugerencias

Estimado señor mío:

Sirva la presente para manifestarle bien de frente que no me gusta su modo de pensar. Usted tiene todo el derecho (la obligación) de pensar como más le plazca, pero no quiera encauzar mi pensamiento entre las púas de sus inseguridades (yo tengo ya las mías).

Sepa que me gusta el color en el gris (hallaré un óleo colorido para sus paredes), pero no se me antojan cómodos los trayectos en línea recta (no encajan con los vericuetos de la vida) ni me agradan los ángulos rectos en sus jardines, su falta de árboles, su exceso de sol (de ésos que procuran cristianismos en las tierras áridas) y la pobreza de sombras. Éso sí, me gustan sus cielos abiertos y sus techos omnipotentes, sean de nubes blancas o negras.

Me agrada su rocío en las escasas flores por las mañanas, pero verá, no estoy tan de acuerdo con estarme quieto, mirando la yerba (sólo mirándola, sin tocarla), como si la naturaleza en toda la femineidad de su nombre nos negara a los hombres conocer a la mujer con el tacto (piénselo: un usted aún bebé se llevaba las cosas a la boca). Los senos de mujer son una ironía sin poder tocarlos (contradígame).

Sugiero ensancharnos, usted y yo, el entendimiento y recrearse el alma en abierto campo. No tema los colores en sus palabras, que yo aprenderé a caminar también en las líneas. No olvide los papelitos en la memoria, trabajo de oficina, o los insectos en nuestras lámparas. Créame, que yo a mí mismo me creo, estoy convencido: usted puede ser de ciencia dura, de ingeniería, pensamiento abstracto y engrane perfecto (mi oficio también lo es), pero hacen falta hortalizas y flores en la filosofía.

Diccionario ideológico, travesía

El viaje

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«En los labios del viento he de llamarme
árbol de muchos pájaros.»
Rosario Castellanos

Todo el tiempo me ha costado trabajo entender a lo que se refieren los «viejos sabios» (más interesantes por sabios, sabios en tanto que viejos, que cuesta imaginar, tomar conciencia, visualizar) cuando te dicen que tu vida privilegia el viaje por sobre los objetivos; que si bien el objetivo motiva y hasta cierto punto define la búsqueda, es el viaje que presupone la vida lo que le da su sentido (puedes cambiar de objetivo, pero no puedes arrancarle al tiempo la calidad de «viaje»); que esta vida es un viaje y que ese estar en ningún lugar es lo importante. Uno, vicioso de su disciplina que es, lo lee, lo escucha y piensa en las relaciones que caracterizan objetos, en la abstracción que ello representa. Sólo entonces me disculpaba a mí mismo por no comprender: es una abstracción importante (resultado de muchos años de pensamiento) tomar conciencia de que todo pasa en la medida en que nosotros también pasamos. Los milenarios chinos y su filosofía.

Ayer, en un camión, viendo hacia el cielo a medio oscurecer las parvadas que abundan a esas horas en los árboles, creo haber entendido a lo que se refieren.

La comprensión llegó junto a un recuerdo, apariciones fantasmales que de un tiempo hacia aquí deambulaban en mi mente, pensamientos inconscientes que vaya usted a saber por qué motivo emergen frente a mí (creo ése es el adjetivo: pensamientos emergentes) y traen de vuelta fotografías colgadas en las paredes menos iluminadas de la memoria. Al mirar el cielo esta vez, miraba los pájaros mientras recreaba el cansancio satisfactorio del ejercicio físico, yo siendo un muchacho de 15 años, un muchacho que veía una imagen similar en algún cielo de Chiapas después de mucho correr en un partido de fútbol.

Funes lo habría hecho mejor, supongo, pero ayer igual me sentí feliz, respiraba un olor peculiar (muy peculiar) y disfrutaba del viaje. Llegó una de las mejores enseñanzas, me gusta pensar, de estos 30 años de pisar la tierra: quisiera constantemente poder relajarme en mi asiento, levantar la vista y disfrutar del aquí y el ahora, de estar en ningún lugar, sólo pensando, mirando… de disfrutar el viaje.

Diccionario ideológico

Empatía

Úsese en un buen contexto, en el milagro de la lluvia (se entiende, entonces, con toda la paz de los cielos cayendo sobre el caliente ardor de la tierra.)

El término se refiere a ese divino destello de humanidad con que la tomas del hombro, le llevas a la ventana y, acercando tu corazón al suyo  (sin ningún otro afán que compartir tu vida), le dices:

«Mira nada más qué precioso llueve.»

La traes a ti, al igual que los charcos, el lodo y la tierra mojada. Ellos te llevan hacia sí, hacia el portón de tu primera casa. Igual que tu memoria, inmaterial pero perceptible, sientes sus claros ojos sobre el agua que cae… los ojos de aquélla que a pesar de todo (tú lo entiendes, procedes igual) viendo por la ventana, allá lejos, sigue pensando en ti.