Elegías, Vivencias

El burro y la calle

Las luces desde la ventana. El viento fresco y la oscuridad de mi casa te animan a mirar a la calle, junto a tu árbol, tras un viejo empedrado, entre el murmullo de los que aún no duermen, en el edificio de enfrente. El trinar de las voces que no se entienden te hace pensar en la Ciudad de México, en aquélla casa en la que también veías (curioso que eres) el edificio de enfrente. Ambos murmullos (el de las dos ciudades) se confunden en tu mente, se mezclan como dos colores y traen a León los sentimientos de antes. Antes: la más simple palabra te tortura, angustiosa la tarde… El café humeante que aún no terminas de servir, una estrella solitaria sobre de todo: sobre de ti en la ciudad, sobre de ti en otras calles, noches en Chiapas con tu soledad (oscuridad y campo, ciudad y calle) en las que tenías sosiego, del que ahora adoleces.

Te sientas un rato a mirar… La noche, sin gentes en las esquinas, sin niños en los espacios abiertos, sin ruidos fuertes. Una muchacha absorta en su teléfono desentona con la soledad y se siente como el viento en la piel el vaivén de las cortinas. Allá también hay ventanas abiertas, cortinas transparentes, detrás personas que miran el televisor, cenan, yo qué sé, viven sus vidas como quizás mi familia, para mí, quiere. No se nota el color rosa de los muros, ni el verde de las plantas que ya se sabe verde. Amarillo bombilla, amarillo oscuro, negro y más arriba azul, noche-atisbo-de-paz que pretendes respirar, incluirla en tus pulmones, el diafragma, llenarte de tu soledad ensimismada, enfriar el corazón, acallar la mente. Yo estudio álgebra y topología, pero quiero ser como aquélla gente, a la que no le importa la vida, que nada espera de ella. Pasar el tiempo por pasar, mirar sin preguntar cómo es que se pasa. Existir, no vivir, ni importar. Sólo mantener la vida porque sí, porque no se tiene esta sensibilidad mía, porque no se quiere. Vivir como el burro, andar como el burro, sin pensar. Cargarme la vida a cuestas, rumiar el alimento con grandes dientes… y caminar.

Pero yo quiero vivir, dejar un legado, tener un propósito, un objeto hoy a seguir. Un cometido, una esperanza, trabajar y alcanzar. No trabajar para mantener, sino construir. Avanzar.

Cansado, me detengo. Me siento a mirar. Sólo veo las luces y suelto el monstruoso pensar: la carga hace al burro. Así es, la carga hace al burro. Y a mis deseos hoy no les he podido levantar.

 

demonios, Elegías

Los lejanos perros

He tenido un sueño (si acaso es algo que se puede tener, como si se pudiera poseer un pájaro, o los chupaflores). Yo no sabía entonces que la presión de un par de músculos en el cuello (estrés, le llaman algunos, vida adulta, le dicen otros) llenaba de sangre mis sienes y causaba dolor al acostarse.

A mi mente no le importaba. Iba a pasito acelerado, bajo un sol abrasador de las 8 de la mañana. Abrasador pero húmedo, sobre la tierra reciente (todas las mañanas es reciente), la tierra negra y fértil de Chiapas, humedecida en la lluvia la noche anterior. Yo caminaba en mi cuerpo de niño de 7, quizás 8 años, ante esos mismos brotes de yerba silvestre, ligeramente domesticada por la ciudad, que sólo me llegaban por arriba de la rodilla, apenas por la cintura. Yerba que nadie pisaba, pero que por respeto a las nuevas casas del bario La Cueva, en los más tiernos años de la primaria, o de Candelaria tiempo después, por respeto a los señores que ya se asentaban en esos terrenos, ya no crecía más.

Pero allí andaba yo, quizás con un pantalón gris a rayas apenas verdes, el de mi uniforme, caminando trabajosamente para abrirme paso entre las veredas, para no llegar tarde. Así era cuando niño. La maravilla de mi sueño era sentir que volvías en el tiempo, porque recobrabas ese cuerpo reciente (así, para estar a tono con la mañana) y a todas luces fuerte y sano, pero con tu conciencia de ahora, más de 20 años después, obviando detalles físicos que a tu mente no le preocupan porque es un sueño… y no es corpóreo. Se siente de maravilla. Maravilloso como fugaz, de 2 a 3 minutos, como dicen que duran los sueños; de 21 segundos, como cuentan que dura el presente.

Como pasado que es, recuerdo cristalizado que se sacó de alguno de los archiveros de la memoria, no puede modificarse. En ello yacía también un encanto (ajeno a dolores de la madurez), similar a los hallazgos que se tienen en casa, las repetidas vacaciones en las que se hurga de entre las posesiones para tirar las que no se usan, o dar brillo a las que aún se aprecian y desean recuperarse. No me limité a sentirlo por todo mi cuerpo, ni en extrañarme de que fuera de noche al caminar unas cuadras por la calle a la que salía la vereda (el mar al que desemboca ese río, tamaños desproporcionados de las cosas en la niñez); ni siquiera al detener la película, sentarme a contemplar las imágenes sin tiempo que entonces percibía. Las luces de los focos baratos tras puertas de madera, cristales sucios, casas pobres, caminos en los que a lo lejos seguían ladrando los perros flacos, cafés, hocicos negros, poco lanudos (perros sencillos de la gente sencilla, más fieles que los finos), los perros que ladran en todos los temblores que recuerdo, los que sabían de aquellos magníficos sucesos (porque nunca fueron catástrofe más que susto) antes que nadie porque tenían (decía mi padre) las orejas pegadas al suelo. Esos son los perros que ladran en todas las tardes de los libros, los atardeceres de las vidas de las personas en las novelas, los que se acurrucan a sus amos en todas las historias al caer la noche, desde cada madrugada de los tiempos.

No entiendo mi sueño. Pero lo aprecio mucho, cual revelación de mi conciencia. Me aferré a él al despertar, consciente ya de todos mis pequeños dolores físicos. Me abracé a él mientras esperaba pacientemente que disminuyera la presión en la frente. Puede que signifique que aún me aferro a mi vida de niño, por alguna razón, o que alguien me la hubiera arrebatado y a ratos la extrañara. Porque otras veces emerge en mí ese pequeño y se asusta con la soledad de mi estudio y los estantes de los libros entre las sombras. A veces, repetidas veces, se pregunta cómo es que he sido capaz de llegar hasta aquí, con poca ayuda (que en realidad no ha sido poca), con la soledad que se tiene en ese momento. Niño que despierta asustado porque no está su madre.

Desperté como quien ha llorado, con esa sensación en el pecho… porque ya no soy pequeño, porque no quiero ser grande, porque aquí la tierra no es negra, ni hay yerba en el suelo, ni llueve por las noches. Porque se llega la oscuridad, acompañada cada una por una tarde en la que no ladran los perros.

Elegías

Orfandad

Me he dejado llevar por la vida, pocas veces tomando decisiones importantes que me han hecho cambiar los rumbos, abrir puertas y negarse a otras. Ahora, que estoy perdido en el laberinto que yo mismo construí, vuelven los anhelos y la necesidad de voltearse a sí mismo como calcetín.

Como calcetín sin el pie. ¿Dónde me dejé a mí mismo?

Elegías

Dolor de muelas

Quema la lluvia en la piel. Dolor ineludible del viento en la nuca, como mosquito ante la luz. Se me sube al cuerpo un cabrón muerto o me susurra sandeces y culpas ajenas en el oído izquierdo. Me despierta. Me mantiene en vilo hasta que la nube se agota, sosiego de lluvia la falta de agua. Cesa la lluvia pero no yo: sigo hacia abajo, cayendo. Todo yo, lombriz de tierra, me retuerzo en mi cama de sal (ha de ser de sal: a eso me sabe el escurrir de los ojos).

Mi alma arde de pena, de dolor de muelas, de niño con calentura, de elefantes gigantes al perturbar su sueño y planicies arrugadas. De contrastes inauditos, me consumo, y la conciencia me juega a abandonarme: yo te extraño. Te extraño en mi pecho vacío todos los tiempos, acurrucarte tú en mí como cuando tenías frío, cerrarme de yo flor enfrente mío tus manos de aún niña. Bajando la cortina de mi cuarto y de todos los mundos, a toda la soledad junta cuando cerrabas los ojos (ninguna luz más persistente en mi memoria que la de tus ojos). Te extraño de sed, de vacio de afecto y con frío… De llanto infantil del que ha perdido a entre el gentío a su madre.

Yo pierdo mi lugar en el mundo, mi amor, cada maldita noche en que estiro mis brazos para asirte… y no estás conmigo.

Elegías

Alergias

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Sin ganas de hablar con nadie. Nadie llena expectativas, nadie se toma como el reflejo de mí mismo. Nadie, no yo por partes, no yo completo, quiere habitarme en la profunda ausencia de mi afecto.

Estoy cansado, hombre-espacio-de-fin-de-semana, de ser el que parezco (uno que no soy yo) y de este trayecto de piedras para pies descalzos. Me gusta ser el que soy desde anoche, pasando al lado (la vida es pasar) de mis amigos, instante a partir del que me concibo con agrado, desde la sinceridad misma del hombre ante su imagen. Porque quiero descansar, dormir, dejar de fingir regocijo en mis apariencias… es mi deseo sentarme en los troncos de los árboles a sacarme las espinas con un cuchillo.

El diablo quiere dejarse ir en el viento sobre el rostro, expandirse en el aire (pieza de diente de león), diseminar la semilla de uno… la del pensamiento. Cerrar los ojos ante la brisa, no mirarme en nadie, no repetirme, no inventarme… no recoger mis piezas de entre las personas y las situaciones: empezar otra vez. Ser yo sin nada detrás. Olvidar. Perdonar. Estirar de los hombros el músculo en dolor cristalino (de lactosa cristalizada) de estas cargas estúpidas.

Luego, mi deseo primero en la vigilia será amar profundamente (nada más importante en la vida como el amor) y purificado en virtud del sueño identificarme en el blanco de mis ojos.

Burro que reparte leña, librarme de peso, de oscuridad, de insomnios y tinieblas. Pasarle un trapo húmedo al polvo del corazón, soltarse la soga del cuello…

Y correr… correr… convertirse en hombre al echarse a correr… hacia el espacio, fuera de todo restrictivo cuadro, hacia un monte de Comitán, con el rocío y su flor de mañana recién llovida.