la felicidad de El Diablo

La brisa nubla las lámparas,

me aparta de mis visiones terrenales. Me nubla la vista, también, y humedece las calles de mi pensamiento. El frío me trae de vuelta de algún recuerdo agradable, a algún punto de partida antes de haberme perdido. La tierra mojada es un déjà vu, se convierte el mundo en un lugar conocido: es el agua de mi conciencia, mi yo, sobre el pavimento, sobre las calles, sorteándose entre el humo de una chimenea lejana, en una casa a faldas del cerro, en San Cristóbal… Mi pensamiento cubriéndolo todo, mi ser untado como bálsamo de la propia memoria (se metió en mi texto Sabines).

La llovizna es un sitio conocido sobre mis paisajes nuevos. Es la niñez en la edad adulta.

demonios, la felicidad de El Diablo

Prefiero viajar de tarde

Michoacán se llama la tierra que atraviesas después de comer, la que puedes ver hacia todas partes por la ventana del autobús. Fue la conciencia la que llevó tus ojos hasta ahí, hasta el agua transparente de los pensamientos, hasta un lago. Uno de los lagos de Michoacán allá afuera que repite el cansancio del sol, entre las delgadísimas patas de las garzas.

Una superficie en la que te imaginas brincando descalzo y con el pantalón arremangado. Ir a meterte al óleo de esa tarde gris, azul, amarilla tenue, anaranjada… verde a veces en las montañas del fondo, muy junto al café aún persistente del invierno pasado.  Un aire espeso, como promesa de lluvia.

Afuera todo un estanque gigante en el que flotan las nubes y en cuyo fondo estás. ¿Puedes creerlo?

Hormiga del mundo eres cuando apartas la mente del trabajo y tus lugares comunes. Cuando miras hacia arriba y te adviertes cargando el mismo terrón mojado de siempre: comezón en la nariz, inquietas pulgas en tus sentimientos.

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Diccionario ideológico, la felicidad de El Diablo

El joven de saco

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Salió con él de una tienda hace unos días, por una atinada casualidad; aún sin saber por qué lo compró, se lo puso hoy por la mañana. Se miró al espejo y se juzgó apuesto. Un mueble se limpia y una casa se ordena, los diarios a ratos se revisten de nuevas telas y los cuadernos de tapas nuevas, ¿por qué el cuerpo no habría de tener un buen vestir? -pensó.

Desde que salió a la calle, frescura en el aire, le tratan los caminantes con seriedad. Y la determinación del saco (la suya, de la que echó mano al vestirse de saco) se mantiene en él, es reposo de las miradas de respeto y de desdén. Camina con seguridad y paso firme. Responde a las buenas maneras de las que la gente a su paso le considera acreedor.

No es el saco al que saludan, como contaba Vasconcelos. No es la superficialidad. Ni el saco ni su tela son el punto, señor. Es el mensaje, el ejemplo que se les da a todos, a todas luces: trátenme que me trato bien. El punto es el joven que se quiere a sí mismo, que se respeta, se procura. El meollo de este asunto es mi amor reflexivo y su música, ante el que inclina el sombrero aquél canoso señor.

la felicidad de El Diablo

Vuelta a la tierra

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Morelia, Mich. Mayo 15.
19:50 hrs.

Los pasos de nuestro personaje camino del centro de la ciudad. Un hombre diminuto y somnoliento que toma conciencia de su andar dirigido hacia el color obscuro de los edificios, la travesura del agua (ésa, la de hinchar los colores y obscurecerlos), la evidencia de la lluvia sobre viejo centro de la ciudad. Disfrutables las baldosas mojadas, la piedra que responde a los pasos del visitante, la piedra en su persistente existencia desde los soberbios edificios, un rumor de años en los que, como nuestro personaje, a muchos ha visto pasar… y así es como ella se mantiene pasando, pasos mucho muy largos por lentos, pero pasando junto con todos al fin. El bullicio de los que caminan, los sonidos de los que corren. Los ecos que dan constancia de la presencia humana… Cada sonido es un grano de arena acomodándose en el cúmulo de tierra, en la realidad del aire cuando se le hace temblar. Los edificios de la ciudad de Morelia se habitan a sí mismos, se inclinan a mirar a todos y a todo desde lo alto, pues, temporalmente eternos, hacen justicia a las almas de los héroes de la independencia y de las personas de a pie, al Morelos con bigote pintado de los billetes falsos, a los que llegan y se quedan, los que pasan y se van. Los edificios guardan memoria de todos, de todos los personajes incluido el nuestro, de sus historias.

Es muy natural, por lo tanto, que desde aquí el personaje y su conciencia que aún está por aparecer, piensen en sus anécdotas, su tiempo pasado y el pasado antes de él. Camina de entre los edificios de cantera rosa, de entre esa bonita historia ajena y se pregunta: ¿y la mía? Estupendo ser humano, minúsculo peatón, ¿quién y en qué sitio el mundo al caminar admira un poco de tu historia?

El pensamiento apaga sus ojos, aún cuando se mantienen abiertos, y recorre una gran distancia. Se habita a sí mismo como los edificios y piensa en sus padres, en las anécdotas de vida que puede recordar (volver a pasar por el corazón) y que tiene a la mano, pensamientos apretujados, aparecen en poco espacio, dilata el tiempo la duda de dónde ha de venir… y al advertirse perdido entre las calles que no conoce (analogía del propio camino, el de atrás) admite la pérdida de su abuelo. El viejo y el más grande (el peor) de los de su estirpe, el más vicioso, el moreno. El que a pesar de todos los males que siempre tuvo (la ignorancia, el mayor de ellos) hizo valer su devener mestizo y amaba a los suyos, un poquito, de vez en cuando, en la medida en que el orgullo le dejaba ser. El hombre que era el abuelo, el sitio de donde vienen las desconfianzas que ahora carga el personaje, el mal pensar (policía desconfiando de tiempos de la Revolución), la falta de posesiones materiales, un suelo fangoso sobre el cual construirse… La realidad se impuso y los edificios te recorrieron a tí, personaje, a tu historia, y te olvidaron ahí junto a tu abuelo paterno. Viste un caballo viejo, un terreno sin trillar, «haciendas sin árboles que dan fruto» de tu imaginación, la carne de tus manos muy parecida a la de tu padre. Y es que admiras el pasado de una ciudad que te gustaría habitar, quisieras ser grande aquí (crecer uno dentro de sí mismo, humana, espiritual, profesionalmente), pero no sabes de dónde vienes, dónde por nacimiento te correspondía poner algo digno de admirar, si fueses profeta en tu tierra.

Viene a tu mente, personaje, un amigo muy querido, el que compartió contigo las píldoras de conocimiento sublimado, el de muchas noches de pensamiento ensimismado: «uno elije sus propios antepasados», te dijo. Tú, personaje, lo comprendiste. Tu amigo es huérfano de padre y tú conservas el tuyo (gracias a todos los dioses), pero no a tu abuelo. Ningún pasado qué elegir, tuviste al anciano sentado al lado tuyo, conoces a tu padre y conociste a tu abuelo, ése que no tuvo nunca acta de nacimiento ni sabe (dondequiera que esté, como nadie nunca supo) la fecha de su aparición en este mundo. No el día, no el mes, imposible el año. Calculada la edad en sus últimos días por las arrugas en su rosto… no las evidentes, no las de la sombra cuando ponía su rostro en la luz de las 5 de la tarde… sólo las que insistieron en aparecer aún, tercas como él, cuando uno le presionaba la quijada. Ese viejo de eterno sombrero, de escasas canas, de unos (posiblemente) 75 años.

Al entrar al café, la lámpara que es tu mente (según tú y Plutarco)* se enciende. Inventas (a decir de Auster) tu propia soledad: las patadas de ahogado (tuyas) que fueron el preguntarle a tu padre dónde enterraron al abuelo. La evasión de tu padre por el tema. La tenacidad tuya y la de tu madre, buscando una tumba, en el panteón de Comitán. Tu esperanza por encontrar en alguna cruz de metal el nombre de aquél a quien su padre puso el nombre del patriarca primogénito de Israel…

Personaje, no hallaste nunca su tumba. Tu padre tampoco la encontró al buscarla. Si bien creía (verbo susceptible de mostrarle a uno cuán errado se está) saber con claridad dónde dormía de viejo el abuelo, tú regresaste al trabajo con la certeza de que tu padre evadía el tema porque quería dejarlo allí, vuelto a la tierra. Tu padre, quien más que nadie vio por el viejo en vida, merecía la paz que trae la muerte.

Hombre pequeño, mi personaje, admirando la historia en los edificios de Morelia te encontraste a ti. Tomaste conciencia de por qué respetaste los sentimientos de tu padre. Comprendiste que tu padre quería dejar la memoria de tu abuelo en el mismo lugar en donde la había encontrado: en la misma ignominia en la que había nacido.

Quien visite Chiapas, quizás la iglesia de la Cruz Grande en Comitán, quizás el árbol del Chumiss en que tu padre de niño veía la sombra de un ahorcado en la oscuridad, no verá un extraordinario edificio. Verá una tierra. El ego busca pretextos para hacernos grande y lo advirtes pensando que la propia tierra guarda tanta memoria como un edificio de cantera rosa. Pero la humildad está en los valores que los más viejos de tu lugar de origen procuraron en ti y te maravillas de un último pensamiento, el que te dice que lo único especial en la tierra en que uno nace es éso: que es de uno. Aún cuando ése es otro ego, en realidad es al revés: uno es de la tierra.

Uno se escandaliza porque su abuelo pasó por el mundo «sin ser», por el modo en que su nieto (el del mismo nombre, el primogénito con nombre de primogénito) valora su existencia. Sin embargo, al tiempo que el personaje empieza a beber su café, advirte que su abuelo fue más natural que él («ser natural» a decir de Pessoa) y volvió de donde vino: del lugar de todos y el de nadie.  En vida, salvo cuando él quería, nadie sabía dónde andaba. Ahora se ha vuelto a burlar de todos (incluso de mí): nadie sabe ahora dónde anda.

Yo creo que se ha vuelto a aparecer ahora (claro que sí, yo El Diablo, soy «el personaje», era muy fingida mi máscara). Yo creo, entre los muros de los edificios de Morelia. Hoy ha querido que yo lo viera. Le escribo para que sepa que no se me esconde. Viejito cabrón, te escribo porque te vi… y al verte vuelvo, sin morirme (gracias viejo) a nuestra tierra.

demonios, la felicidad de El Diablo

La obra

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Empatar el listón del nuevo día con el del anterior, es oficio (y arte) de costurera. Un afán de hilvanarse el mundo en el que uno se pierde. Aquí está la idea fundamental (paráfrasis de algún aforismo que alguien me contó alguna vez): la creación de uno, a la que uno pertenece. Un bucle silencioso éste en el que el creador se sueña creado y, así, termina su obra. Inevitable pensar en ello cuando pasas por las calles bien hechas, las casas bien construidas, y adviertes las familias numerosas y bien comportadas. Pasando el telón de las agradables vistas y las apariencias llanas, te preguntas ¿obra de quién es todo ésto?, ¿quién ha deseado tanto para su vida y lo ha logrado? ¿Dónde está, entre ellos, el hombre y/o la mujer que ha pintado tal cuadro y ha logrado dibujarse en él a sí mismo?

Un domingo en la mañana y las ideas son, como los aires: frescas, nuevas. Te piensas así, junto a tu compañera que aún no despierta. Te ves como el observador del cuadro pintado y piensas: hay que darse prisa, levantarse siempre temprano, para terminar la obra (la mía, la de ella).

la felicidad de El Diablo

Las 6 de la mañana

No puede el amanecer sin mí estar. Sin mi yo estarse. Soy presencia de bastones e iris en la luz de mis ojos, conciencia repetida. Me regocijo al ser, asistente a los eventos naturales del mundo, niño asustado en la cuna blanca de mis 4 años, una ventana sucia con rayos de sol, naranja tardío. No distingo la tarde del nacimiento del día, doy la vuelta por la esquina del frío matinal y la Luz azul grisácea, la del deambular de mi alma sobre distintos tiempos míos, saltos entre una piedra y otra de los sueños, entre las piernas la realidad de los ríos. Una tímida lluvia de fin de verano (casi otoñal octubre), estas fechas en las que naciste, que cada año te van repitiendo, te construyen, eco de gotas de agua, vuelta a sonar de tu melodía de amor (de allí te hicieron, te hago). Olor a tierra mojada. Te hundes en mí, hueles a femineidad, eres mi niñez, tus dedos en el barro de mis días, moldeando, mis días de seguridad cálida y tus olores, tus largos cabellos, la tierna insolencia de tu vientre, el beso en la frente dormida (la tuya, calor en mi pecho) en todas mis mañanas (transparencia de tus ojos) en mi soledad. Tu sueño, en que tu grandeza (Dios te hizo mujer) ya todo lo sabe, en que deposito mi experiencia y te repito, a ti, me regocijo y te busco, en mi. Mi desvelo. Las 6 de la mañana.

¡Con qué agrado te hizo el creador!, ¡con qué poca delicadeza construyó mis días!

Llegamos hasta aquí, este sitio de la vida mía que renace siempre en la tuya, a las 6 de la mañana. Todo ha valido la pena. Dios, que me quiere mucho y me despierta ante ti y te beso al primer suspiro que animas. Yo, que siempre te deseé (te deseo) en mi vida. Uno que siempre busca a mujer como tú para su vida. Tú, la que camina de mi brazo. Tú, que eres buena, porque sí, porque tardaste en llegar, porque quieres estar despierta cuando me despida de ti… a las 6 de la mañana.

la felicidad de El Diablo

Cada vez que me dices «te quiero»

una maquinaria enorme, un reloj de cuerda antiguo pero colosal, un fuego que consuma el infiero cristiano, una fábrica completa de enanos polares insomnes… vaya, ¡el universo que es uno!, con todo y sus cuerpos oscuros, su polvo estelar y sus conciencias, se echa a andar (engranaje por engranaje) en mi corazón.

(Las mariposas estomacales, ¿qué? Ésos son arcaísmos, ya no son útiles, no bastan. Son como esos nombres raros que a uno le enseñan en la primaria… son como decir «arcabuz»)

Y «escupe» un papelito (piedra preciosa, objeto geológico desde miles de años atrás) que versa: yo te quiero más.

bicicletas, demonios, la felicidad de El Diablo, música, melancolía, travesía

Circunferencias

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Un amigo que se va… y otro círculo se cierra. La ausencia de todo lo suyo, lo que ahora ocupa su lugar. El pesar de su pareja, el anuncio anticipado, los preparativos y el día en que habría de partir. «Todos los días llegan», me decía Enrique… y esos que llegan también se van.

No he caído en la cuenta de su partida sino hasta que caminé, sin él, hacia mi casa… Calles vacías de un partido de fútbol reciente (de esos eventos que paralizan esta ciudad) y en el cuello (sobre mí) el peso de la tarde. Tuve la sensación de que algunos cambios han de suceder en mi vida y, de hecho, se fueron sucediendo ante mí: la guitarra nueva, cuando di golpecitos con el puño a la pared de un negocio cerrado; los intereses en la música que tuve en la adolescencia y que me han hecho retomar la trompeta, ante el semáforo en rojo; la vivienda (ahora) a solas, mientras me incorporé a la acera por la que se llega a mi casa; el olor a vela apagada y las muchas que quiero hacer «cuando llegue la luz»… Los muebles ausentes (sobre todo, mi cama) y los libros incómodos, en esos estantes apretujados, donde no es su lugar (mi mamá describe esa incomodidad a la perfección: «parece que los tuviera encima»).

Y la bicicleta… quiero (ya puedo, por la ciudad, por la posibilidad, «poder») tener otra vez una bicicleta. Los círculos que se cierran, sus ruedas que giran, las páginas de mi vida que van quedando atrás. Otra vez pedalear sobre los campos de maíz, como a los 14 años, ahora a los 29 (un mes más y tendré 29)… ahora, adelante, sobre la vida.

la felicidad de El Diablo

Instrucciones para adivinar el futuro

Arguya algún plan para llevar a su mujer al dormitorio. Bésela cariñosamente. Trátela con cuidado, que aunque fuerte, es frágil y en ello también radica su belleza. Abrazos mediante, condúzcala a la orilla de la cama, guíe su mano hasta que ella se siente sobre la cama. Aleje sus largos cabellos de su espalda para no tirar de ellos cuando la acueste suavemente. Sonríale, contémplele la luz en los ojos (los ojos claros de su mujer, las pestañas enormes en las que piensa, cuando las ve, que podría colgarse).

Sin que lo adivine, retire de su abdomen la ropa, descúbrale la piel alrededor del ombligo sin desnudarle. Bese su vientre, acarícielo, sople la superficie y ponga sobre de ella su oreja, el sentido del oído. Cierre los ojos… y escuche. Recostado sobre la cama, junto a ella, la cabeza sobre su vientre, escuche. Sólo escuche.

Las voces de sus hijos, que también son los de ella, germen del amor y toda la fe, no tardarán en llegar. Hable con ellos, pregúnteles. ¿Qué les depara el futuro?

Vuélvase a sí mismo y piense, piense en lo que le han dicho sus hijos. ¿Algo no está tan bien? Entonces reconstrúyase, para usted, con usted, junto a su mujer, con ella y para ella. Permítase una pausa en su vida y escuche el vientre de su mujer.

Escúchelo de verdad y piense. Eche mano de todo su amor y actúe.

Es fácil adivinar el futuro.