bicicletas, demonios, la felicidad de El Diablo, música, melancolía, travesía

Circunferencias

430519

Un amigo que se va… y otro círculo se cierra. La ausencia de todo lo suyo, lo que ahora ocupa su lugar. El pesar de su pareja, el anuncio anticipado, los preparativos y el día en que habría de partir. «Todos los días llegan», me decía Enrique… y esos que llegan también se van.

No he caído en la cuenta de su partida sino hasta que caminé, sin él, hacia mi casa… Calles vacías de un partido de fútbol reciente (de esos eventos que paralizan esta ciudad) y en el cuello (sobre mí) el peso de la tarde. Tuve la sensación de que algunos cambios han de suceder en mi vida y, de hecho, se fueron sucediendo ante mí: la guitarra nueva, cuando di golpecitos con el puño a la pared de un negocio cerrado; los intereses en la música que tuve en la adolescencia y que me han hecho retomar la trompeta, ante el semáforo en rojo; la vivienda (ahora) a solas, mientras me incorporé a la acera por la que se llega a mi casa; el olor a vela apagada y las muchas que quiero hacer «cuando llegue la luz»… Los muebles ausentes (sobre todo, mi cama) y los libros incómodos, en esos estantes apretujados, donde no es su lugar (mi mamá describe esa incomodidad a la perfección: «parece que los tuviera encima»).

Y la bicicleta… quiero (ya puedo, por la ciudad, por la posibilidad, «poder») tener otra vez una bicicleta. Los círculos que se cierran, sus ruedas que giran, las páginas de mi vida que van quedando atrás. Otra vez pedalear sobre los campos de maíz, como a los 14 años, ahora a los 29 (un mes más y tendré 29)… ahora, adelante, sobre la vida.