puro cuento

La cantina

Uno viaja por la vida con la sensación de ser único e irrepetible… y, vaya, uno lo es, pero situémonos en la parte, el contexto, en el que no. Pongamos énfasis en esa casa en la que uno está desacreditado como “especial”. Me explico: poco a poco, conforme avanza el tiempo desde la más tierna niñez hasta cierta edad (no sé decirle cuál, estimado lector, siento que no estoy en posición de ello, dada mi calidad de “nunca haber sido joven”), uno va perdiendo poco a poco la sensación de ser el centro del universo. Decía Piaget (no sé dónde, ni cuándo, ni en qué contexto, pero permítame utilizarlo… mi intuición me dice que no he de equivocarme) que el ser humano repite (aquí es donde es necesario el contexto) la historia de la humanidad. Uno lo piensa un poco y vienen a la memoria las lecturas de las épocas en que reinaba en el pensamiento “el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios”. Uno se detiene: a-i-ma-gen-y-se-me-jan-za-de-Dios. Ser humano arrogante. Vaya, no digo que haya dejado de serlo en el contexto religioso, no tengo autoridad para ello, pero qué seno más grande y jugoso hemos bebido para pensar que somos la creación más hermosa del Universo. Es muy fácil decirse el campeón mundial de halterofilia, míster universo, cuando a “mundial” me refiero al conjunto de hombres que viven en mi casa… la mía, en la que vivo sólo.

ImagenUno sigue el camino: continúa con “la Tierra es el centro del Universo”… ¿Cómo no!, la copia de Dios debería vivir en un lugar especial y allí debe ser nada más y nada menos que el centro del universo. Hasta que alguien es un poco más intrépido: el modelo Ptolemaico del sistema solar, en que se aventuraba a una mejor comprensión del cosmos, pero sin desapegarse del todo de la seguridad de ser “el único”, “el mejor”, “el importante e irrepetible” y ponía a la Tierra, ya no con soberbia en el centro del universo, sino humildemente en el centro del sistema solar… Equivocaciones del ego vistas en tiempos posteriores: tampoco es ése nuestro lugar, pues en este collage uno piensa en los dioses mayas, que desistieron de crear al hombre de oro (su corazón era duro), de madera (lo efímero de su material era evidente ante el fuego) o de barro (iba a ser un problema el agua, ¡qué bueno!, con lo que me gusta la lluvia)… y prefirieron el hueso y la carne, para que su corazón pudiera mostrar gratitud. Y pongo esta última idea sobre la primera, porque me parece más real.

Piaget definitivamente hace referencia al aprendizaje (lo he vivido en algunos aspectos, como en el estudio de mi profesión), ahora lo uso en el contexto de la vida, allí donde uno repite esa historia: de ser el consentido de mamá, pasa a deambular por el mundo, cual hoja seca a merced del viento y sólo teniendo el control que permite el propio peso, la resistencia a esos empujones del aire, de la realidad, del mundo de allá afuera… de la vida. Hoja seca uno, el hombre, ante los empujones de la vida. Los chinos y su espíritu-Luna, que debía ser, permanecer, mantenerse reflejada en las cambiantes aguas del mar de la vida. Antes de perderme en el paisaje, regreso al camino, a la formación, al hilo conductor de mi texto y escribo a lo que me refiero: de ser “el niño”, “el hijo”, “el hombre de la casa” (lo que siempre me dijo mi madre al ser yo el mayor, el primogénito, cuando no estaba papá)… a ser un muchacho-señor de 35 años, con la misma ropa de ayer, caminando por la calle Madero. Muchacho al que se le antojó una cerveza y se metió a un bar.

¿Dios, el Universo, Piaget, la historia?… y una simple y llana vida: la mía… en un simple y vulgar lugar: la cantina. ¡Qué risa!, ¡vaya burro sin mecate el del pensamiento!

“La vida: cosa pequeña y complicada”, en la realidad de una cantina con chapados de madera, señores alrededor. “Señores”, como, en efecto, sólo pueden serlo varones de al menos 40 años, viendo un partido del mundial (el escándalo y único tema de conversación que es el mundial de fútbol). Un mesero (también mayor) tras una panza prominente (histórica muestra de abundancia y bienestar), una camisa con corbata, dentro de un pantalón de vestir, ofreciéndote la elección de la mesa, quizás aquélla que está frente al televisor, preguntándote ¿qué le servimos? (completas en tu mente: “señor”), pero sin ofrecerte una carta (lo que ves es lo que hay). Porque un varón debe saber dónde está y a qué va… Esa seguridad, aplomo, determinación, estereotipo con el que cargamos los varones, sin el que las muchachas a nuestro lado no soportan vivir.

Te alegras, porque cumples con los formatos de esta macho-burocracia: caminabas por allí y sentiste el antojo de una cerveza, el sabor de la cebada fermentada y fría en este bochorno de la transición, el de la mañana nublada y la tarde de sol que, más noche, hará que vuelva a llover. Las lluvias de junio y tu deambular, casi al tiempo de situar mentalmente el lugar junto a tus antojos, la madera del local y un “buenas tardes, ¿qué le servimos?”… Con seguridad, aplomo, determinación: quiero una cerveza, por favor. Y él, mirada que cuestiona, mostrándote una botella oscura y vacía en la mano, te hace asentir: sí, ésa está bien.

A la izquierda, en la barra, un hombre de traje atento a la pantalla, bebiendo ¿ron?, firmeza de rostro, se conduce con la soltura de sus años y la autoridad de sus canas. Al frente, otra seriedad, una con más años y un teléfono celular, pagando con una tarjeta bancaria, haciendo uso del fruto de su trabajo. Más allá, tras el cantinero que también usa corbata, tres señores en cuyos rostros ya se advierte el alcohol, entre carcajadas y buenas pláticas, agradables amigos, diversión de adultos. Y la pertenencia, el pensar en las cosas que podría yo tener en común con los asistentes a esta escena. Esta ilusión, a decir de Jorodorwsky, a la que uno debería entregarse. Porque antes de que llegue el tarro frío y la cerveza en botella, advertí que esa empatía es la que me causa el bienestar, el que siento frente al televisor y el fútbol, delante de otro señor que, en voz alta, se hace notar de entre los asistentes, porque es el único acompañado de su dama. La misma sensación que naturalmente han de sentir los bebés al verse uno frente a otro, sobre los brazos de sus madres… al estirar el bracito para tocar a ese otro espécimen diminuto, parecido (sin advertirlo) al reflejo de uno mismo. Porque empatía ha de ser algo así como advertirse uno mismo en el otro.

Todo está perfectamente construido en tu mente, cada pieza de pensamiento es un grano de arroz acomodándose entre los demás, auto-organizándose tras la vibración de la sartén que los contiene, buscando su lugar natural junto a todos los demás, ordenándose.

Un grito de ¡gol! te distrae de las cavilaciones profundas. No lamentas ese jalón que la realidad te dio para que regresaras a ella. No. Lamentas ver en esa realidad a una mujer entrando a la cantina. La reconoces al instante: recuerdas haberle gustado por varonil, recuerdas su promesa de amor antes de irse de la ciudad (en la que supuestamente no estaba). La mujer que hace dos noches, en su habitación, en su cama, dijo haberse sentido mujer como con ningún otro varón. Mujer que, como la realidad del Universo, de los dioses, estaba haciéndote ver tu suerte, haciéndote humilde al ignorarte en su diabólico caminar de la mano de un desconocido, mostrándote que, después de todo,  no eres tan especial como pensabas.

 

Junio 28, 2014.