Diccionario ideológico, travesía

El viaje

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«En los labios del viento he de llamarme
árbol de muchos pájaros.»
Rosario Castellanos

Todo el tiempo me ha costado trabajo entender a lo que se refieren los «viejos sabios» (más interesantes por sabios, sabios en tanto que viejos, que cuesta imaginar, tomar conciencia, visualizar) cuando te dicen que tu vida privilegia el viaje por sobre los objetivos; que si bien el objetivo motiva y hasta cierto punto define la búsqueda, es el viaje que presupone la vida lo que le da su sentido (puedes cambiar de objetivo, pero no puedes arrancarle al tiempo la calidad de «viaje»); que esta vida es un viaje y que ese estar en ningún lugar es lo importante. Uno, vicioso de su disciplina que es, lo lee, lo escucha y piensa en las relaciones que caracterizan objetos, en la abstracción que ello representa. Sólo entonces me disculpaba a mí mismo por no comprender: es una abstracción importante (resultado de muchos años de pensamiento) tomar conciencia de que todo pasa en la medida en que nosotros también pasamos. Los milenarios chinos y su filosofía.

Ayer, en un camión, viendo hacia el cielo a medio oscurecer las parvadas que abundan a esas horas en los árboles, creo haber entendido a lo que se refieren.

La comprensión llegó junto a un recuerdo, apariciones fantasmales que de un tiempo hacia aquí deambulaban en mi mente, pensamientos inconscientes que vaya usted a saber por qué motivo emergen frente a mí (creo ése es el adjetivo: pensamientos emergentes) y traen de vuelta fotografías colgadas en las paredes menos iluminadas de la memoria. Al mirar el cielo esta vez, miraba los pájaros mientras recreaba el cansancio satisfactorio del ejercicio físico, yo siendo un muchacho de 15 años, un muchacho que veía una imagen similar en algún cielo de Chiapas después de mucho correr en un partido de fútbol.

Funes lo habría hecho mejor, supongo, pero ayer igual me sentí feliz, respiraba un olor peculiar (muy peculiar) y disfrutaba del viaje. Llegó una de las mejores enseñanzas, me gusta pensar, de estos 30 años de pisar la tierra: quisiera constantemente poder relajarme en mi asiento, levantar la vista y disfrutar del aquí y el ahora, de estar en ningún lugar, sólo pensando, mirando… de disfrutar el viaje.

bicicletas, demonios, la felicidad de El Diablo, música, melancolía, travesía

Circunferencias

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Un amigo que se va… y otro círculo se cierra. La ausencia de todo lo suyo, lo que ahora ocupa su lugar. El pesar de su pareja, el anuncio anticipado, los preparativos y el día en que habría de partir. «Todos los días llegan», me decía Enrique… y esos que llegan también se van.

No he caído en la cuenta de su partida sino hasta que caminé, sin él, hacia mi casa… Calles vacías de un partido de fútbol reciente (de esos eventos que paralizan esta ciudad) y en el cuello (sobre mí) el peso de la tarde. Tuve la sensación de que algunos cambios han de suceder en mi vida y, de hecho, se fueron sucediendo ante mí: la guitarra nueva, cuando di golpecitos con el puño a la pared de un negocio cerrado; los intereses en la música que tuve en la adolescencia y que me han hecho retomar la trompeta, ante el semáforo en rojo; la vivienda (ahora) a solas, mientras me incorporé a la acera por la que se llega a mi casa; el olor a vela apagada y las muchas que quiero hacer «cuando llegue la luz»… Los muebles ausentes (sobre todo, mi cama) y los libros incómodos, en esos estantes apretujados, donde no es su lugar (mi mamá describe esa incomodidad a la perfección: «parece que los tuviera encima»).

Y la bicicleta… quiero (ya puedo, por la ciudad, por la posibilidad, «poder») tener otra vez una bicicleta. Los círculos que se cierran, sus ruedas que giran, las páginas de mi vida que van quedando atrás. Otra vez pedalear sobre los campos de maíz, como a los 14 años, ahora a los 29 (un mes más y tendré 29)… ahora, adelante, sobre la vida.

travesía

Estanque atardeceres

Detuve mi vida para ir a echarme a la cama. Cansado del peso de las preocupaciones, siempre hay que detenerla, qué mejor que junto al viento de la ventana. En la cama, al lado de la ventana, inmerso en la tarde, la miré transcurrir con tres pájaros cruzando las nubes. ¡Qué tranquilidad la de allá afuera!, tranquilidad la de la tarde. Un tiempo para detenerse, regocijarse en sí mismo, entenderse.

Pensamiento fugaz: observar la propia vida y maravillarse de cómo ha cambiado, cómo hacía tres años llegaste a este árido lugar, de lo que ahora persigues, lo que te había hecho llegar y cómo has materializado la idea hasta donde has podido. ¿Qué debes hacer para conducirte mejor entre tanto tumulto?, ¿cómo te ayuda ahora la reflexión? Entre tantos brazos y piernas en las que te sumergiste (tus antropomorfos pensamientos) sales con dificultades, trayendo contigo la sinceridad para sí.

Me cansé ya de muchas cosas (cansado estoy como para enumerarlas): las visitas a Guanajuato y sus mismas personas, las mismas situaciones, esta misma casa y la monotonía de la vida que no le lleva a uno, las falsas esperanzas, el mucho perseguir o procurar algo que, en el fondo (siendo sincero contigo mismo) sabes ya que no era del todo verdadero; necesidad de cambios, necesidad de la verdad en tu espíritu, de verte al espejo sin velos ni aditamentos. Así, como tú eres, Rubén de todos los días, el mismo, el de siempre. Cansado de las cosas falsas, de lo irreal, lo fantasioso.

Uno se baña en el estanque de esta tarde y sale de él persiguiendo lo que vale la pena, lo serio, lo legítimo, lo sincero, lo real… que no lo justo. La justicia es una guía, no es la realidad. Puede uno llamarle: saber lo que quiero… o, en su defecto, lo que no.

Saber decir «no».

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El reloj nuevo

Saliendo de casa para orear las penas, temprano para hacer el tiempo rendir. Camina por tus calles (pensando en que pronto dejarán de serlo), enróllate en los propios pensamientos y que la gente a tu paso desaparezca, procurando la sombra, hundiéndote en ti.

Saca las manos de los bolsillos, súbete al camión, abre la ventana y deja correr el viento antes de sentarte. Cierras los ojos para verte mejor, piérdete en el viaje.

No vas muy lejos, llegas pronto, te gusta caminar por el Centro, sacas de donde la tenías a la curiosidad y la historia te muestra edificios viejos, negocios de antaño, dependientas ancianas, iglesias y prácticas religiosas que abandonas a su suerte cuando dejan de posarse en ellas tu ojos. No quieres pensar, descansas, has ido a estar contigo mismo y a reflexionar, a reparar lo que sea que tengas averiado desde hace un rato… y a beber café, que las 5 de la tarde, independientemente del reloj que las dé, no ha de saber igual sin la bebida con la que te ha criado tu madre. Y la lluvia… y la lluvia… granizo que acaba de llegar, especie de pedrada que da cosquillas. No sabes cómo llegaste a esa tienda, no entiendes cómo te ha gustado ese reloj, lo traes ahora en la mochila. Te has quedado guarecido afuera del negocio, te sorprenden las miradas a tu nuevo artículo: un reloj de pared, para el estudio, para medir este éter en el que nos situamos para no perder la razón, para acomodar nuestra vida.

Compraste un reloj, un día de lluvia, no sabes por qué, por impulso. Próxima la mudanza, robusto el costal de las esperanzas, lleno el teléfono de cariñosos mensajes, cargados tus hombros de buena fe, medirá el tiempo tu reloj hasta que te vayas… hasta que te vayas…

Ya casi te vas: se siente incómodo tu reloj nuevo, llegó para renovarte. Nuevo el tiempo que quiere medir, nuevo el recuento de los días. Nuevo este espacio, señor Diablo, cual mujer que se corta el cabello porque siente necesidad de un cambio en su vida. Nuevo usted, señor Diablo, que empieza a cambiar el triciclo en el que estaba por la bicicleta.