Vivencias

Los pasillos de La Facultad

Una tarde de éstas estuve junto a mis anhelos. Vivía entre mis añoranzas de joven inexperto, delante de todas mis herramientas para la vida. De pie, como quien espera en un andén el tren que nos ha de llevar (a dónde, a alguno de esos sitios soñados), observaba inerme las plantas de sombra, las verdes hojas, los tiernos tallos, que vivían en la roca negra, piedra volcánica del interior de algún titán, piedras porosas, mojadas, que siempre me recuerdan la Universidad.

Estaba lloviendo y yo esperaba en el pasillo al viento que me renovaba, al aire frío y húmedo de llovizna que siempre limpiaba mi corazón.

Hoy he sentido otra vez esa tarde y la he extrañado sobremanera. Extraño esos días, extraño esas tardes, el café de aquellas noches que tardaban en llegar. Noches en las que se escondía la fuente, con agua verde, las lámparas bajo las que tímidamente se mostraba el Prometeo de piedra, mitología de otro continente hecha con las entrañas de nuestra tierra.

Extraño aquellos días en que no llegaba mi sueño, en que lo terminaba el trabajo, en que no alcanzaba las metas. Porque al igual que los pasillos en que me detuve a mirar la lluvia, disfruté siempre el camino, una felicidad que se terminaba cuando uno cerraba la puerta de casa y le decía a todos: ya llegué, acabo de llegar.

Por ahora, no hay más camino.

Vivencias

El fuego, el sol y el agua

En algún momento escuché decir que a los libros hacen daño las mismas cosas que nos hacen daño a los seres humanos: el fuego nos consume a ambos, el sol oxida las páginas del pensamiento y las converse en quebradizas, la tan vital agua puede ahogar nuestra existencia si pasa por dentro de nuestro cuerpo, por sitios en los que no debe.

Éste fue el caso de hoy. Tantos días mirando hacia arriba para que las nubes, dondequiera que estuvieran (porque sobre mí no) se compadecieran de mí y trajeran la paz a esta tierra árida, para llegar inesperadamente, brevemente, intransigente e impunemente, el día en que más daño nos pudieran hacer (a la añoranza de mi corazón, a mis páginas): el de la mudanza. Por más que corrí, por más que exprimí de mis músculos la mayor fuerza que pude para apartar de mi camino y con velocidad las mesas y los estantes, las cajas de ropa y el refrigerador, poco pude hacer para llegar a ellos. Y en la camioneta en que yacían hasta arriba, cada caja, cada plástico pequeño que afortunadamente se me ocurrió poner sobre de ellos, los libros recibían la breve y letal lluvia. Como extensión de mi cuerpo, mis libros sufrían el frío del agua. La lluvia que tanto amo los penetraba, líquido omnipotente, hacía escurrir sus letras a Borges, a Petrovic, a la colección QED, ¡a aquéllos que ya no se consiguen!, a los libros de Matemáticas, a los ejemplares que tanto tiempo y esfuerzo habían requerido para llegar a mis manos y a mis anaqueles. No soportaba la idea de ni siquiera tener en mente los tomos que estaban siendo asesinados en ese momento.

Rabietas, improperios, mi sudor salado mezclándose con la lluvia, jadeando hasta donde me lo permitían mis fuerzas, no pude hacer mucho para evitar aquella tragedia. Pasaban por mi mente tantas cosas: aunque incomparable, aquél suceso equivalía (a nivel personal) a la pérdida de la antigua Biblioteca de Alejandría… y me imaginé que del mismo modo que yo se habrían sentido quienes pudieron rescatar de las fauces del fuego aquéllos preciadísimos documentos, con la alegría de estar salvando algunos, con la tristeza de que las manos no bastaran para salvarlos a todos. Pensaba en que la vida estaba enseñándome a desapegarme de aquello que aprecio tanto y que ha marcado mi vida, en que era una prueba lo que en ese momento estaba sucediendo.

Después de mucho, casi a punto de derrumbarme de pesar y cansancio, llegó la resignación: «luego me compro ediciones más recientes de los mismos libros», «ayudará esto a espulgar la biblioteca de los libros que ya no utilizaré», de entre otros engaños míos para soportar la hecatombe.

Antes de cerrar la puerta de mi nuevo hogar eché un vistazo por todas partes: cajas de libros con el cartón de encima mojado, con gotas enormes sobre los plásticos, papeles oscurecidos y aplastados. Seguir mirando aquél desastre, aquél desorden, me pareció una suerte de hacerme daño por gusto. Y me fui. Y procuré no desquitar mi frustración con el chofer, ni con mi amigo (que muy amablemente accedió a prestarme sus fuerzas para aquellas cosas que yo sólo no puedo cargar).

Acabo de volver y en un atisbo de valor, con el ánimo de enfrentar aquello que había salido mal, regresé a las cajas. El calor de la casa había hecho su trabajo: cartones secos, plásticos sin gotas, libros en su interior sobreviviendo a las penurias y conservando intactas y en su sitio original, como al inicio, cada una de sus letras. Me alegré… porque el mal no había sido demasiado, porque mis libros se parecen a mí, que empujan siempre para adelante, que buscan siempre sobrevivir, adaptarse, medrar, mantener encendido el fuego de la existencia… y creo que ése es, por tanto, la estrella mayor que nos guía, nuestro sol, el objetivo de nuestra existencia.

Vivencias

Tiempo sin edades

Veo los jóvenes pasar, riendo de sus ocurrencias y conversaciones. En grupo, desde parejas hasta parvadas, escurren por las losas del jardín central con estruendo y alegría, altanería y jovialidad, con destreza, con fuerza, con destellos de lucidez y una nube de emociones, hormonas al tope y peinados extravagantes. Vestidos con jeans y los mismos tenis, con la misma parte de la cabeza rapada y los mismos cuerpos delgados, la estrechez de los shorts en las muchachas y sus piernas apretadas, lisas, depiladas. Todos ríen, despreocupados, fuera de la casa en la que viven, a la que habrán de regresar ni bien oscurezca un poco. Cada particularidad es para mí, observador, una sola palabra: jóvenes. Jóvenes cruzando la ventana, apareciendo de un lado del marco y ocultándose en el otro, durando en mi memoria lo que tardan en desaparecer tras el muro, lo mismo que dura la juventud (la vida) en todos.

Y me extraño: melancolía. Para mí todos son iguales y se repiten una y otra vez. Jóvenes cuando inicié a dar clases en la Universidad, jóvenes en las carreras de ingeniería, adolescentes apenas superando la pubertad en el bachillerato. Algo en esa persistencia de la juventud que me rodea (de la que me he rodeado) no me gusta, algo parece no moverse de sitio en este túnel temporal en el que mi edad supera los 30 años. Y es que ni la mujer, ni la escuela, ni los objetos materiales de los que te has hecho, la tierra que casi posees, son por sí mismos motivos suficientes en mi vida. Que mi edad avance sin que las cosas sean claras, inquieta, escandaliza.

¿Cuál es el objeto de mi existencia, entonces?, ¿cuál proyecto de vida (cuáles) retomar? Muchos de ellos han sido un trabajo hermoso que ha terminado incompleto, empolvado o en la basura. ¿Qué es lo que vale la pena?, ¿qué aspecto de la vida (de mi vida) habrá de entusiasmarme lo suficiente, el tiempo suficiente, para permanecer en él, así, joven?

Los jóvenes siempre están ahí, pasan, entran y salen. Soy yo el que ya no es el mismo, aguas cambiantes hasta en las memorias. Soy yo el que vive su segunda pubertad corporal, mental… metamorfosis. ¿Para convertirme en qué?, ¿sobre qué, mi tiempo, la adultez, mi vida?

Vivencias

Geometría imposible

[…] Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero.
Julio Cortázar. Rayuela.
– o –
Escher
Vivencias

El regreso a Ítaca

Aunque la halles pobre,
Ítaca no te ha engañado.
Constantino Kavafis

Un domingo en la tarde de los que siempre me han puesto melancólico. Había mucha soledad en todas partes. Me gustaron mucho las jacarandas y la vegetación de la calle que lleva a San Javier y me fui acordando de mis días en la maestría, de lo mucho que me gustan las matemáticas. Recordé las veces que pasaba por el mercado, me acordé de cuando deambulaba sólo en esas calles porque sólo estaba por allá. Pasé por el baratillo y me acordé de lo que contabas que de ese lugar decía tu novia, de cómo yo veía a Guanajuato cuando llegué por primera vez y de las ilusiones que tenía, de la persona que yo era entonces.

Me sentí muy triste de que ya no estuvieras, de ya no tener cerca a ese amigo. Y me di cuenta de que siempre me había sentido acompañado por ti, porque sabía que tenías casa en Guanajuato.

Ya en el camión de Gto. a Silao, me dormí y pasé por calles que yo caminaba de noche, cuando salía muy noche del trabajo, mis primeros días en Silao y en cómo me parecía ese trabajo una segunda oportunidad.

Pasé por los negocios, los pueblecitos, las luces pequeñas de las casas de pueblito que hay en Silao y que me recuerdan mucho al Comitán de mi niñez. Recordé a alguna muchacha, tal vez, que pudo haber estado conmigo, si hubiera entendido lo que ella entonces quería.

Y también me pesó la soledad de domingo en las calles: porque aunque todo seguía igual, yo tampoco tengo ya casa en Silao. No sé, pensé en que uno ha necesitado muchísimo valor para llegar y para irse, siempre, de cualquier lugar en el que uno ha dejado parte de su vida. Me dio pena por esa vida que he dejado a solas en esos sitios.

Siento prisa por llegar a mi casa, pero también quiero decidir pronto qué pasará conmigo el próximo semestre y si yo también me mudaré de casa otra vez (énfasis en eso: otra vez).

Yo, que siempre he sido el que se va, supongo que todo eso es lo que siente el que se queda, esta vez me tocó a mí.

Elegías, Vivencias

El burro y la calle

Las luces desde la ventana. El viento fresco y la oscuridad de mi casa te animan a mirar a la calle, junto a tu árbol, tras un viejo empedrado, entre el murmullo de los que aún no duermen, en el edificio de enfrente. El trinar de las voces que no se entienden te hace pensar en la Ciudad de México, en aquélla casa en la que también veías (curioso que eres) el edificio de enfrente. Ambos murmullos (el de las dos ciudades) se confunden en tu mente, se mezclan como dos colores y traen a León los sentimientos de antes. Antes: la más simple palabra te tortura, angustiosa la tarde… El café humeante que aún no terminas de servir, una estrella solitaria sobre de todo: sobre de ti en la ciudad, sobre de ti en otras calles, noches en Chiapas con tu soledad (oscuridad y campo, ciudad y calle) en las que tenías sosiego, del que ahora adoleces.

Te sientas un rato a mirar… La noche, sin gentes en las esquinas, sin niños en los espacios abiertos, sin ruidos fuertes. Una muchacha absorta en su teléfono desentona con la soledad y se siente como el viento en la piel el vaivén de las cortinas. Allá también hay ventanas abiertas, cortinas transparentes, detrás personas que miran el televisor, cenan, yo qué sé, viven sus vidas como quizás mi familia, para mí, quiere. No se nota el color rosa de los muros, ni el verde de las plantas que ya se sabe verde. Amarillo bombilla, amarillo oscuro, negro y más arriba azul, noche-atisbo-de-paz que pretendes respirar, incluirla en tus pulmones, el diafragma, llenarte de tu soledad ensimismada, enfriar el corazón, acallar la mente. Yo estudio álgebra y topología, pero quiero ser como aquélla gente, a la que no le importa la vida, que nada espera de ella. Pasar el tiempo por pasar, mirar sin preguntar cómo es que se pasa. Existir, no vivir, ni importar. Sólo mantener la vida porque sí, porque no se tiene esta sensibilidad mía, porque no se quiere. Vivir como el burro, andar como el burro, sin pensar. Cargarme la vida a cuestas, rumiar el alimento con grandes dientes… y caminar.

Pero yo quiero vivir, dejar un legado, tener un propósito, un objeto hoy a seguir. Un cometido, una esperanza, trabajar y alcanzar. No trabajar para mantener, sino construir. Avanzar.

Cansado, me detengo. Me siento a mirar. Sólo veo las luces y suelto el monstruoso pensar: la carga hace al burro. Así es, la carga hace al burro. Y a mis deseos hoy no les he podido levantar.

 

demonios, Vivencias

El niño asustado

Despierto en las noches y despierto incompleto. Es decir, no es un asunto de ceros y unos partir de mi sueño profundo a la vigilia; cuando he abierto los ojos sin despertar, extraviado en el intervalo, me sorprendo en medio. Parada en algún sitio la inconsciencia, una proyección unidimensional de la memoria. Mi memoria.

Me muevo a izquierda y derecha, consciente ya de que debiera separarme del espejo para contemplar mi imagen. Pero aún no tiene ojos la conciencia de quien sólo ha logrado arrancar y llevar consigo una parte de sí fuera del sueño.

Despierta Rubén de niño, segundos transcurren para recuperarse los años. Observa aterrado las formas oscuras en los anaqueles y sabe que él es el dueño, de esos libros, de esas mesas, las cosas en la casa… el alquiler, la luz, la cama en que yacía dormido. Él, el adulto en vértigo.

Ya lo había sentido antes sobre un sillón. Cuando tuve 4 años, desperté una tarde sin mi madre. El corazón se salía cuando al buscarla corría, el llanto sobrevino al no hallarla… la calma al mirarla desde lo bajo hasta lo alto, en la azotea.

Como caricia de mi madre en mi cabello, lenta y sigilosa, vuelve la otra parte de mí a completarme, a la almohada, detrás de mis ojos donde se siente el dormir. Tomo conciencia de lo que soy, de lo que hago, de la casa que con mi esfuerzo mantengo… con la sensación de aún no ser yo, el niño que fue. Unidas las dos puntas del tiempo.

Y es que el vértigo persiste. El vértigo persiste (hombre diminuto en la inmensidad del agua de una presa de Chiapas y la luna, una clara noche)… y no es un sueño.

Cierro los ojos al pequeño y le abrazo hacia mí. Solos él y yo en la misma almohada. Yo, partido por dos, uniéndome otra vez, entre toda la noche.

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Diccionario ideológico

Los truenos y la lluvia

que todo el tiempo han dejado sobre mi cabeza recuerdos. No me canso de escribirlo, porque cada que llueve siento lo mismo: un estado de ánimo de antaño, un recuerdo feliz, tardes lejanas en que corría para no sentir el frío del agua, otras más en las que me apresuraba a mojarme. Lo cambiante de la vida en los recuerdos del agua. Como si allá arriba existiera en realidad el tiempo (el cielo, la magnanimidad del universo y la imagen del todo); como si allá se estuvieran las imágenes, los pensamientos de todos los hombres en todos los tiempos.

Hoy me trajo las lámparas encendidas de la última casa en que vivieron juntos mis padres. Las noches en vela y los libros, mi cuarto con las ventanas enormes. Siempre me gustó mi vida de entonces (yo era el dueño del mundo) , me la pasé soñando muchas veces junto a esa ventana.

La lluvia de esta noche, en esta tierra árida, me trae ideas alegres, como el pensar que ahora estoy metido en uno de mis sueños de entonces, en la orilla de una de las burbujas que construí para mí en esos tiempos. La vida como una casa que para sí mismo uno se construye, para habitarla, para estarse así como ahora: viendo llover, pensando en la propia vida, a ver si las iteraciones del pensamiento (burbuja dentro de otra burbuja) nos permite, usted sabe, predecir el futuro, salirse del cuadro, recrearse.

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demonios, la felicidad de El Diablo

Prefiero viajar de tarde

Michoacán se llama la tierra que atraviesas después de comer, la que puedes ver hacia todas partes por la ventana del autobús. Fue la conciencia la que llevó tus ojos hasta ahí, hasta el agua transparente de los pensamientos, hasta un lago. Uno de los lagos de Michoacán allá afuera que repite el cansancio del sol, entre las delgadísimas patas de las garzas.

Una superficie en la que te imaginas brincando descalzo y con el pantalón arremangado. Ir a meterte al óleo de esa tarde gris, azul, amarilla tenue, anaranjada… verde a veces en las montañas del fondo, muy junto al café aún persistente del invierno pasado.  Un aire espeso, como promesa de lluvia.

Afuera todo un estanque gigante en el que flotan las nubes y en cuyo fondo estás. ¿Puedes creerlo?

Hormiga del mundo eres cuando apartas la mente del trabajo y tus lugares comunes. Cuando miras hacia arriba y te adviertes cargando el mismo terrón mojado de siempre: comezón en la nariz, inquietas pulgas en tus sentimientos.

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melancolía, Vivencias

Agua para café,

yo te puse a calentar. Después de dos años de inquietudes vuelven a mí, intermitentes, los lagos en calma de mi juventud… y hoy me senté en paz. Una paz vehemente, largamente deseada (sin saberlo), tras inquietudes que me doblegaron, anhelos que me subyugaron, pesadumbres y obsesiones que se apoderaron de mí. Sueños que fueron prisión.

Hoy, un gesto tuyo es monzón en los desiertos de mis angustias. Un globo que me regalaste, que me lanzaste desde arriba (por encima de mi entendimiento, donde siempre, mujer, estás) y que no vi caer. Agua caliente en la estufa (como en las mañanas de mi primaria) que lava la cara sucia a mi corazón, volviste por él y lo trajiste a mis manos. Tenacidad y pureza de tu amor, claridad en tus ojos que pone siempre entre tus manos el brillo de todas las cosas. De todas las cosas.

Así me estaba, sin saberme estar, cuando te ibas, antes de que el perro de mi pensamiento fuera tras de tí como yo: corriendo… ladrando, dando alaridos tras tu bicicleta sin saber por qué, porque es su naturaleza. En éso pensaba yo, antes de irme, sentado en tu silla, extrañándote… echando a llorar desconsolado mientras el agua en la estufa empezaba a hervir.