Vivencias

Las hojas del árbol

Cada vez que mi madre me hablaba de él venía a mi memoria su imagen: cruzando un amplio patio escolar, cargado siempre de papeles que se le iban cayendo de las manos, carpetas ajadas por el mucho uso, extensísimas por lo apretado de las memorias que coexistían en ellas. Creo que siempre eran de color café, café las han vuelto mis recuerdos. Sus pantalones de vestir muy bien planchados, las guayaberas, el olor de su perfume, sus manos habilidosas, los lentes grandes y la barba que le había crecido por tantos pensamientos. La cruz de metal que colgaba de su cuello destacaba en el negro de la camisa, un negro que, parecía, había sido puesto en su pecho como nicho para ese símbolo de la fe. Un señor ya maduro en el que vivía el orden que pretendía infundirnos siempre. Un orden en el que siempre me he querido convertir.

Eran fascinantes las imágenes que creaba con su plática, las palabras refinadas que saltaban de él, lo apretado de sus exámenes y sus textos fuertes, negros (yo siempre creí que los resúmenes de esas obras habían sido escritos de un tirón en una máquina de escribir). Líneas y párrafos en las que uno descubría un mapa, senderos que uno podía seguir, sitios a los que se podía volver por puro gusto, para saciar la curiosidad de saber si los buenos recuerdos, si esos episodios interesantísimos, seguían ahí, donde los había puesto él.

«¡Pónganlo enfrente y déjenlo hablar!», yo quería escucharlo en cada clase de español, «decir tantas palabras de corrido» como lo hubiera descrito Rosario Castellanos. Guarden silencio, déjenme escuchar. Sentir el olor a libro cada que abría su mente, deslumbrarse por historias sobre filosofía o moral, enterarse después de que todo había sido leído, digerido y asimilado en libros que, en esa pequeña ciudad que entonces era Comitán, no era fácil conseguir.

Por él uno dejaba de jugar al fútbol y corría al salón de clase. ¡Ahí viene el profe! No quiero perderme uno sólo de sus pensamientos. Entonces: otra vez los libros, las invitaciones a la biblioteca, juntar los ahorros de la primera vez que trabajé en esa misma escuela para comprarme un diccionario: ilustrado, como pocos, para aprender tantas palabras como las que sabía él, 150 nuevos pesos, el primer fruto de mi primer trabajo. Yo quiero ser como el maestro Julio.

No supe del romanticismo hasta que lo conocí a él (o hasta que él tuvo la gracia de llegar a mi vida). No sabía que todo ello lo podía proveer la literatura, nuestro lenguaje, «el arca de la memoria». Y en ese patio amplio (amplio me parecía un patio así de pequeño, porque tenía 15 años), cuando acompañaba a mi madre los días de asueto, comencé a vivir este amor, comencé a acumular libros, a colarme a las bibliotecas, a persuadir al director de que me dejara entrar al centro de maestros. Libros que me han procurado noches de consuelo, que han resuelto mi ánimo tantas tardes, que limpiaron mi corazón, que me llenaron de ideas, «vivir muchas vidas» decía, póngase cómodo en su soledad, así como supongo le pusieron a él en la suya, en el transcurso de su vida.

Caminando por los empedrados de la calle central, con su gorra de fieltro, tenía curiosidad por saber qué pensaba mirando al suelo, averiguar en dónde bebía café, se comía un tamal, y recordarle siempre al pasar por el restaurante en el que, me imagino, pudo haber sido Pessoa. Uno de tantos recuerdos que me asaltaban en el parque.

Han pasado 17 años desde que me fui. Pero aún puedo sentir todo aquello. Aún me siento orgulloso, de haber mecanografiado lo que nos regalaba, de haber atesorado sus resúmenes y de haberlos guardado como un libro más en el estante de mi casa; orgulloso de la alegría que le hice sentir cuando mi madre le regaló la transcripción que hice de todas sus notas, de todos sus textos.

Anoche supe que falleció. Una parte de mí quiere llorar bajito. Supongo que es a lo que se refieren cuando dicen que la muerte es parte de la vida. La suya es ahora una parte de la mía. Él se fue y yo lo vivo aquí, en los libros que he trasladado de ciudad en ciudad sobre mi espalda, desde Comitán a la Ciudad de México, de México hacia Guanajuato, desde el callejón del Tecolote en que viajaban conmigo, en maletas, hacia Silao, hacia Morelia, hacia León. Libros que me miran y me reclaman en los anaqueles tanto ajetreo.

Hoy miro su fotografía y siento tristeza de su partida, y alegría y agradecimiento. Gracias, Maestro Julio, gracias por permitirme ser el que soy, por regalarme su orden y el amor por la literatura (soy una hoja de su árbol, maestro); por haber aparecido en mi vida. Que en paz descanses, allá en nuestra tierra fría en este octubre otoñal, que en paz permanezcas conmigo, y con los que están conmigo, amigos por los libros y la conciencia, aquí y en cualquier lugar, en las librerías.

Julio Avendaño

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